Publicado en The New York Times
CARACAS — Los grupos de manifestantes antigubernamentales lanzan rocas, barro, petardos y bombas molotov. La policía antimotines y los soldados les responden con gases lacrimógenos, perdigones y cañones de agua.
En Venezuela se está gestando un levantamiento.
Durante más de tres meses, miles de personas han abarrotado la capital venezolana para drenar su furia. Están hartos del gobierno de Nicolás Maduro y de su liderazgo cada vez más autoritario.
En general, los roces derivan en choques callejeros asimétricos y usualmente letales; más de 90 personas han muerto desde que comenzaron las marchas en abril y 3000 han sido detenidas.
He trabajado como fotoperiodista para The New York Times en Venezuela durante nueve años, y los últimos dos me he enfocado en la lucha de los venezolanos que padecen la peor crisis económica en la historia del país.
Me ha tocado ver cómo crece la rabia conforme desaparecen la comida, los medicamentos y aumenta el autoritarismo de Maduro.
Su gobierno ha retrasado las elecciones y encarcela a los manifestantes y opositores políticos. Convocó a una asamblea constituyente que podría rescribir la carta magna, lo que muchos venezolanos ven como un intento descarado para incrementar su poder. Maduro califica a las protestas como un ataque violento contra su gobierno, mientras que los manifestantes dicen que están luchando por la constitución y el derecho previsto en su artículo 35o a desconocer “cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos”.
Usualmente empiezo mi día subiéndome a un mototaxi para dirigirme a la zona de batalla, donde abundan los gases lacrimógenos y los proyectiles vuelan por todas partes.
Conozco a algunos de los manifestantes veteranos, como Tyler, que tiene 22 años y antes apoyaba al régimen de Maduro. Ha aprendido cómo evitar las gomas de bala y los perdigones con ayuda de un escudo pintado de azul, amarillo y rojo, que combina con la bandera venezolana que se amarra al cuello. Usa una camiseta negra para cubrir su cara, que solo deja ver sus ojos.
Sentado junto a una barricada durante un momento tranquilo en una marcha, me contó que protesta porque la escasez de medicinas mató a su madre hospitalizada, empeoró la presión sanguínea de su abuela y dejó a su hermanita asmática con crecientes dificultades para respirar. Tyler dijo que su familia solo puede costear una comida al día, comúnmente algo de arroz blanco.
“Estamos viviendo con más hambre de la que nunca habíamos tenido”, dijo. “Aquí las cosas están feas y ya no vamos a aguantarlo más”.
Tyler es parte de la resistencia, el grupo de manifestantes que usualmente choca con las fuerzas de seguridad. Sus integrantes dicen que la lucha es su única opción.
“Si no nos matan acá protestando, moriremos de cualquier manera”, dijo Marco, estudiante de posgrado. “Nos matarán por tener un celular o unos zapatos, o será por hambre o por habernos contagiado de cualquier enfermedad porque acá no hay medicinas”.
Siento que estoy dentro de un videojuego cuando tomo fotografías de los enfrentamientos porque tengo que saltar obstáculos y evitar proyectiles que vienen en todas las direcciones. El fuego cruzado alcanza a decenas de personas en cada protesta, y muchas son evacuadas con fracturas de huesos y heridas sangrientas.
Desafortunadamente para los miembros de la prensa, ambos bandos tienen mala puntería. Es común que nos alcancen las piedras, la pintura y los cañones de agua. Una vez, un perdigón impactó mi casco y me produjo una contusión. Muchos fotógrafos han tenido peor suerte y terminan hospitalizados con heridas graves.
Algunos policías ven a la prensa como un blanco; los golpean o rompen sus cámaras. Se han reportado más de 200 actos de agresión contra los periodistas desde que comenzaron las protestas.
A veces los manifestantes movilizan tractores o camiones para bloquear la autopista Francisco Fajardo, una vía que atraviesa Caracas. También han incurrido en actos delictivos.
Cuando acusaron a un hombre de robar durante una protesta, los miembros de la resistencia lo golpearon y acuchillaron antes de rociarlo con gasolina y prenderle fuego. Se llamaba Orlando Figuera y murió por las quemaduras.
Cuando las tanquetas apuntan sus poderosos cañones de agua hacia los manifestantes para dispersarlos, los que pertenecen a la resistencia responden con resortes gigantes, manejados por cuatro personas, para lanzarles frascos de vidrio llenos de pintura o, a veces, heces.
“Es asqueroso”, dijo un manifestante, “pero es algo que todos tenemos y lo mejor es que es gratis”.
Los manifestantes también improvisan para protegerse. Algunos usan gafas para nadar o restos de botellas de plástico y las convierten en máscaras antigás, o espinilleras hechas de revistas viejas y cinta adhesiva.
Otros han usado restos de alfombras para hacerse una armadura que les proteja los órganos más importantes de las balas de goma y perdigones, que son letales cuando se disparan de cerca. Más de 30 manifestantes han muerto por esa razón, según un conteo de los medios locales.
Un manifestante sonrió cuando le pregunté por su chaleco hecho de alfombra. “Ya me ha salvado varias veces”, dijo.
Otros venezolanos usan escudos fabricados con madera y tambores de petróleo. Algunos están adornados con la bandera venezolana, caricaturas de Maduro quemando la constitución o frases como “Libertad, Futuro, ¡Elecciones ya!” o “Te amo, mamá”.
Los integrantes de la resistencia tienden a ser jóvenes y recalcan que no apoyan al gobierno ni a los políticos de oposición. Algunos son estudiantes universitarios de clase media que pelean con cámaras amarradas a sus cascos de bicicleta o patinetas, para poder publicar lo que capten en sus páginas de Instagram.
Los manifestantes pacíficos pertenecen a una comunidad muy variada: son jóvenes, viejos, profesionales y desempleados que participan en plantones y actos para bloquear las calles. Se han celebrado decenas de marchas con cientos de miles de personas llenando las carreteras y calles para marchar hasta las oficinas de las autoridades electorales, de salud o los tribunales. Casi siempre las fuerzas de seguridad bloquean su paso.
Durante la Gran Marcha por la Salud, miles de doctores, enfermeras y pacientes salieron a las calles para protestar contra el colapso del sistema de salud. Portaban carteles con cajas de medicamentos vacías y mensajes como “SOS” y “Sin medicinas también nos matan a nosotros”.
Cuando los soldados usaron gas lacrimógeno en su contra, los médicos vestidos con sus batas blancas entrelazaron sus brazos mientras batallaban por respirar y las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no se movieron.
En otra protesta, sacerdotes, monjas y otros religiosos se manifestaron con una estatua de la Virgen decorada con la bandera venezolana. Una monja vestida de blanco portó un cartel con una cita bíblica que decía: “Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres”.
Y en la marcha “de las ollas vacías”, las familias armaron un cacerolazo para protestar por la escasez de alimentos y la inflación. Una encuesta reciente reveló que el 90 por ciento de los venezolanos no pueden costear la comida que necesitan.
Gustavo Misle, profesor jubilado de 80 años, acude con regularidad a las protestas con el recorte de un esqueleto; es una decoración de Halloween que ahora tiene un cartel que dice: “Tengo hambre”.
Durante años dirigió una organización sin fines de lucro para darle alimentos a los niños de sectores populares; ahora sufre igual que ellos. Debido a la crisis económica y una inflación de tres dígitos, la pensión de Misle apenas equivale a unos dólares. Él y su esposa sobreviven con plátanos, la única cosa que pueden costear.
El equipo protector casero no garantiza la seguridad. Neomar Lander, de 17 años, traía puesto un chaleco de alfombra cuando murió en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Otros integrantes de la resistencia pusieron velas en la parte ensangrentada del asfalto donde cayó e hicieron una vigilia que duró casi toda la noche.
Johan Caldera, amigo de Lander, dijo que su muerte lo motivó para protestar más. “Ahora no tengo miedo porque ya perdí el miedo que tenía y el respeto por los militares”, dijo. “Los verdaderos soldados de Venezuela se tapan las caras con trapos y no usan granadas, sino piedras”.
Muchos integrantes de la resistencia usan camisetas hechas para parecerse al uniforme de Simón Bolívar, el máximo prócer independentista de Venezuela. Durante los choques a veces le piden a los soldados que se les unan citando una frase atribuida a Bolívar: “Cuando la tiranía se hace ley, la rebelión es un derecho”.
Wuilly Arteaga, de 23 años, se volvió una figura simbólica del movimiento de protestas porque tocaba el himno nacional con su violín durante los enfrentamientos. Hasta que las autoridades le rompieron su instrumento. Los videos de la reacción de Arteaga, en llanto, se volvieron virales y hace poco viajó a Estados Unidos, donde los cantantes Marc Anthony y Oscarcito le entregaron un nuevo violín.
Recientemente, después de un largo día de enfrentamientos, cientos de soldados se retiraron tras haber agotado sus municiones. Cuando recuperaron el control de la autopista, los jóvenes celebraron con los puños arriba mientras cantaban el himno nacional.
“Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó”, entonaban, “¡Abajo cadenas! ¡Muera la opresión!”.
El gobierno dice que la resistencia está compuesta por terroristas y ha prometido reforzar su respuesta militar. “Si fuera destruida la revolución iríamos al combate”, dijo Maduro a fines de junio.
En la vigilia en honor a Lander, un compañero suyo se agachó; el borde de sus zapatos tocaba el asfalto ensangrentado. Con los puños cerrados golpeó el pavimento, miró hacia mi cámara y dijo que tenía un mensaje para el presidente.
“Mire bien mi cara”, dijo, “porque no le tengo miedo”.
Meridith Kohut es una fotógrafa independiente que trabaja con The New York Times y ha cubierto la situación venezolana durante los últimos dos años. Su cuenta de Twitter es @MeridithKohut.
cuando dices que te sientes como en un video juego, me has recordado este https://crisisvenezuela2017.itch.io/realidad-revelada
el cual forma parte de este evento de videojuegos de protesta #VzlaCrisisJam